UN PERRO EN EL OJO DE LA ESCULTURA

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Como es obvio, la fauna tiene su nicho contundente en el patrimonio escultórico de Resistencia. Y tiene sus adeptos. Pez, hipopótamo, perro, águila, león, loba, unicornio son algunos de los animales que pueblan el medioambiente de la ciudad de las esculturas. Pero hay un animal que tiene más prestigio y popularidad que los otros: el perro Fernando.
…Y sucedió un día entre los días de 1951. Por entonces, a Resistencia llegaban bandas y orquestas de Buenos Aires que daban vida a dilatadas fiestas bailables. Entre ellos, frecuentaba un cantor de boleros, Fernando Ortiz. Alguna vez estaba en un bar tomando su café y era día lluvioso y melancólico cuando apareció debajo de la mesa un cusco blanco bañado por la lluvia. Lo alzó y le dijo, “ya no estaremos más solos”. Ortiz lo llevó al hotel y a todos los bailes donde amenizaba su orquesta.
Así aparece en escena el perro Fernando, callejero, amparado por amos espontáneos, presencia habitual en bares, fiestas, carnavales, conciertos y otros eventos artísticos. Se apersona en bodas y cumpleaños, lo que construye motivo de orgullo para el anfitrión.
Con hábitos y composturas tan humanos que alguien lo definió certeramente “Era un hombre con traje de perro”. Las anécdotas se desgranan por doquier y aún perviven testigos que dan fe de los hábitos extraordinarios del can.
Tenía itinerarios muy específicos: dormía en la entrada del hotel Colón, desayunaba en el despacho del gerente del Banco Nación, hacía una recorrida de bares, continuaba la rutina dándose una vuelta por la plaza central para perseguir gatos, almorzaba en El Madrileño, dormía la siesta en la casa del cirujano Jorge Reggiardo, por las tardes podría estar visitando el atelier de René Brusau en la buhardilla del Teatro Argentino o asistir a una conferencia de Teosofía en el Ateneo del Chaco. Merendaba en el bar La Estrella lo que clientes y dueños le ofrecían, pero era en la noche donde desplegaba una agitada actividad social, presentándose en las confiterías bailables, el cine teatro, el club Social, el Fogón de los Arrieros, en fiestas familiares o cualquier evento que respirara bullicio y música.
En la docena de años trotando las calles de Resistencia, llegó a ser tremendamente popular, todo caminante de la ciudad lo reconocía, lo llamaba por su nombre, le convidaba una caricia. Y quien no lo conociera debía atenerse a las consecuencias, como aquella vez, cuando el camión de la perrera secuestró al perro vagabundo. Pasaba por ahí el boxeador, campeón argentino, Tatalo Domínguez quien reconocería luego, algo avergonzado, que, ante la negativa de soltar a Fernando, debió darle “una caricia” al policía.
La compostura del perro es proverbial: permanecía sentado en la silla de una mesa de café, tomando su café con leche con parsimonia, volteando la cabeza una y otra vez siguiendo al orador eventual, diríase, escuchando la conversación. Y sobre sus juicios certeros, valga la anécdota de la aburrida disquisición de un conferenciante en el Ateneo: tras rato de escuchar, Fernando dio un sonoro bostezo que culminó en aullido y dando una vuelta en círculo, se retiró.
No menos singular su atípico gusto -al menos para un perro- de permanecer la función entera de una obra coral o pianística, echado a un costado del escenario, relajado, pero atento. De ahí extraemos una de sus emblemáticas anécdotas: un pianista polaco de apellido Paderewsky ofrecía un concierto y el perro, como era costumbre, se apareció en el escenario. En un momento de la sonata de Beethoven, Fernando estremeció la sala con un gruñido que pasó por alto el intérprete; casi finalizada la pieza, se paró Fernando y lo miró duramente… Paderewsky tuvo la grandeza de reconocer que había pifiado dos veces.
En otra ocasión se representaba la obra “Nazareno Cruz y el lobo”, y cuando el hombre lobo amenazaba a la actriz Delma Ricci, irrumpió en escena el perro para lamer la cara de la actriz, ante la ovación del público. Así también se cuentan sus andanzas de perro consentido, como aquella vez en el bar Los Bancos, que Fernando se dirigió raudo a la cocina apareciendo al punto en la pista de baile con una contundente pata de cerdo, el dueño corriendo tras él, salvó el trofeo y lo devolvió a la cocina. Por supuesto que no fue exonerado del evento.
Su fidelidad perruna se evidencia cuando murió el pintor Brusau: de los amigos, fue el primero en llegar hasta el cadáver, lo veló toda la madrugada, al lado del cajón y siguió el cortejo rumbo al cementerio. Pero más allá de las innumerables anécdotas, Fernando grafica magistralmente el álgido mundillo social de mediados del siglo XX en Resistencia; políticos de café, artistas bohemios, clase intelectual; así como referencia una sociedad que lo adoptó abiertamente, liberalmente y valgan unos cuantos ejemplos: en las noches de invierno, muchas casas vecinas ponían en los zaguanes una manta abrigada para Fernando; un dentista le emplomó dos muelas; en su velatorio, una multitud acudió a despedirse.
Su muerte fue un “refinado dejarse morir”, atropellado por un auto. Y su despedida, una mise en scene con una niña que leyó un poema, guardia de boys scout perimetrando la multitud arrimada, ramos inmensos de flores de mayo y panegírico de Horacio Rivero Sosa, entonces, director de cultura de la provincia.
Dos esculturas emblemáticas de Resistencia – se mencionó la de su tumba, la otra, vaciada en bronce, en un ángulo de la Casa de Gobierno – ratifican la trascendencia de Fernando en el imaginario colectivo. En la historia humana el perro tiene un protagonismo poderoso. Y siempre hubo un común acuerdo en que ciertas cualidades perrunas son arquetipos ideales. No en vano dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. No en vano Sócrates juraba por su perro y Yudhistshira se negó a entrar en el cielo sin su perro, por no atreverse a abandonar “al que tanto he amado” …
La historia de este perro esdrújulo, armoniza leyenda y realidad y deviene más de medio siglo después de su muerte, mito ciudadano, ejemplo de amistad.
Contenidos: Virgina Quirelli
Arte: Brian Ariel Dufek

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